El «miedo negro» y el Partido de la Anarquía

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Notas desde Filipinas sobre la Segunda Batalla de Mendiola

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En agosto de 2025, un poderoso levantamiento sacudió Indonesia y se extendió rápidamente por toda la región, contribuyendo a catalizar una revolución en Nepal. Sin embargo, aunque desencadenó nuevas explosiones desde Filipinas hasta Marruecos, este impulso se topó con un muro en todas partes cuando los gobiernos contraatacaron con una represión dirigida específicamente contra el movimiento anarquista, en lo que algunos en la región han denominado el «miedo negro». En el siguiente análisis, Simoun Magsalin se basa en los acontecimientos de Filipinas para esbozar los retos a los que se enfrentan los revolucionarios y las revolucionarias de hoy, y explorar qué se necesitará para superarlos.

Puedes leer un relato completo del enfrentamiento que tuvo lugar en Manila, la capital filipina, el 21 de septiembre de 2025 aquí.

Puedes apoyar a las personas detenidas y acusadas de la «campaña de miedo negro» de Filipinas que fueron arrestadas en Mendiola el 21 de septiembre de 2025 a través de Durian Distro, que gestiona las donaciones internacionales a través de Ko-Fi. Por favor, incluye un mensaje indicando que tu donación es para las personas presas del 21 de septiembre. ¡Salamat po!

Puedes apoyar a los presos indonesios a través de Serikat Tahanan o del Serikat Napi Lintas-Lapas / Sindicato Interpenitenciario de Presos. Utiliza el botón «Donasi» de su página web. ¡Terima kasih!

Esta línea de investigación es igualmente relevante en Norteamérica, donde anarquistas se enfrentan a una represión cada vez más intensa desde Prairieland hasta Minneapolis.


21 de septiembre y el Partido de la Anarquía

El 21 de septiembre de 2025, una multitud de izquierdistas, socialistas y pro-revolucionarios se manifestaron en el fatídico lugar donde el gobierno colonial español ejecutó a José Rizal el 30 de diciembre de 1896. Rizal fue ejecutado bajo falsas acusaciones por una insurrección anticolonial con la que tenía poco que ver, pero que lo había proclamado como su estrella polar. En 2025, una marcha de más de 80.000 filipinos se reunió junto al monumento donde descansan sus restos para expresar su indignación ante un escándalo de corrupción a gran escala relacionado con el desvío de fondos destinados a proyectos de infraestructura para el control de inundaciones; el saqueo de dichos fondos mediante proyectos fraudulentos provocó numerosas muertes durante varios tifones tropicales.

Durante los meses previos a la marcha, la indignación no había conducido a nada, ya que la izquierda filipina se encontraba en un punto casi históricamente bajo tras años de oportunismo, represión y restauración dinástica por parte de la anterior presidencia de Duterte y la continuación del «dutertismo» en la actual administración, encabezada por Ferdinand «Bongbong» Marcos, Jr. La moral estaba tan baja que un intento de la izquierda de organizar una asamblea general en una comunidad urbana pobre amenazada de demolición, al parecer, no atrajo a casi nadie. En una huelga en una fábrica, trabajadores autogestionaron su piquete para limitar y pacificar sus propias acciones.

Sin embargo, la insurrección que estalló en Indonesia a finales de agosto de 2025 inspiró algo en el pueblo filipino. Los militantes de Democracia Nacional organizaron una acción directa limitada a principios de septiembre, que incluyó actos de vandalismo publicitados y pequeños enfrentamientos callejeros. Esperaban despertar a «las masas» de su letargo y provocar la espontaneidad. Por desgracia, esa energía no surgió (al menos, no al principio). Entonces floreció la insurrección en Nepal floreció y luego se marchitó, y la moral volvió a remontar. Saber que el poder es vulnerable en otros lugares es darse cuenta de que es vulnerable en todas partes.

Fotografía de Philippine Collegian.

Varios grupos anunciaron una movilización masiva para el 21 de septiembre en Luneta y en EDSA. 1 La Iglesia católica fue una de las fuerzas más importantes que organizó las movilizaciones, seguida de diversos grupos de derecha, liberales, socialdemócratas, nacionaldemócratas y socialistas. Anarquistas de diversas tendencias también estuvimos allí, a nuestra manera. Se exhibieron pancartas de todo tipo: las Organizaciones de Masas Nacional-Democráticas (NDMO) y Makabayan, el bloque de Sanlakas-PLM-BMP-Oriang, Akbayan, Kilusan, Kamanggagawa, el Partido Socialista, los Espartaquistas, el Partido Manggagawa, Manibela y otras asociaciones de trabajadores, así como fraternidades universitarias. Los partidarios acérrimos de Duterte (DDS)2, de ideología de derechas, también estaban allí; algunos proyectaban consignas en la base militar para provocar espontáneamente un kudeta (término tagalo para «golpe de Estado»3) entre los generales, en un vano intento de derrocar al presidente Bongbong Marcos, catapultar a la vicepresidenta Sara Duterte al cargo más alto y (¿de alguna manera?) traer de vuelta al país al expresidente Rodrigo Duterte, encarcelado en La Haya por la Corte Penal Internacional.4

Al margen de todos estos partidos había otro: el partido de la anarquía.5

Una vez finalizado el programa de la marcha de protesta del bloque Makabayan de camino a Mendiola, unos jóvenes vestidos de negro iniciaron una acción directa violenta, intentando incendiar un camión de mercancías utilizado como barricada policial y, a continuación, lanzaron piedras contra la policía. La policía respondió con sus propias piedras, dejando a los militantes de Makabayan atrapados en el fuego cruzado. En ese momento, se reveló otra facción del partido de la anarquía, abriendo otro frente en Filipinas tal y como había ocurrido en Indonesia y Nepal. Volvieron a ondear los mismos símbolos de la bandera de One Piece el sombrero de paja con la calavera y los huesos cruzados, izados por quienes vestían el atuendo negro anarquista.

El movimiento espontáneo del 21 de septiembre (o 9/21) no era un partido de anarquistas, por mucho que nos hubiera gustado que lo fuera. Tampoco se identificaban a sí mismos como nacionaldemócratas, maoístas, socialistas o comunistas (ni como fascistas, aunque los fascistas quieran apropiarse del simbolismo y el significado de los acontecimientos del 21/9).6

El partido de la anarquía no es una formación organizativa concreta, sino un fenómeno espontáneo que cobró cohesión en un momento de gran moral entre nuestra clase. Al igual que en Indonesia y Nepal, surgió al margen del ámbito conocido como «izquierda». Pero la forma en que la autodenominada izquierda se relaciona con este partido de la anarquía reviste una importancia crucial, especialmente teniendo en cuenta la rapidez con la que algunos miembros de la izquierda se apresuraron a denunciar a sus militantes como «anarquistas», fascistas, dutertistas o saboteadores (¿chinos?).

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El «miedo negro» y el Partido del Orden

El grupo anarquista que surgió en la batalla de Mendiola era pequeño. La mayoría de los (al menos) 277 detenidos en Mendiola no participaron en absoluto en la acción directa o, por lo contrario, no eran anarquistas. Muchos eran transeúntes inocentes, algunos de los cuales pertenecían a minorías colonizadas dentro del Estado-nación filipino, que ni siquiera hablaban tagalo y llevaban menos de una semana en Manila. Otro era un estudiante de periodismo que, por casualidad, vestía de negro en la protesta y fue detenido ilegalmente solo porque se parecía vagamente a un anarquista. Alrededor de 91 de las personas detenidas de Mendiola, o al menos esa cifra, eran menores de edad. Todos fueron golpeadas en la calle y posteriormente torturadas de forma sistemática; se les negó asistencia letrada, comida y medicinas, así como el contacto con sus familias.

Sin embargo, a pesar de no ser «partisanos» del partido de la anarquía, se les tildó de «anarquistas»7 (¿o se les tildó de «negros»?). Para entonces, ya era un estribillo habitual, que llegaba justo tras la «histeria negra» en Indonesia, donde se produjo una caza abierta de anarquistas por decreto de Prabowo, así como la orden de criminalización de Trump dirigida contra los denominados «antifa» en Estados Unidos y las acusaciones de políticos nepalíes de que los anarquistas se habían «infiltrado» en la insurrección de ese país. En septiembre de 2025, las fuerzas de seguridad se inventaban de la nada grupos enteros de anarquistas para explicar diversos disturbios y episodios insurreccionales en todo el mundo, cada conspiración imaginada más fantasiosa que la anterior. ¡Ojalá esos revolucionarios pudieran nacer completamente armados y listos para luchar, como cien mil Atenas nacidas de la mente de Zeus!

Este tipo de provocaciones conspirativas no son nada nuevo. Tras el 7 de octubre de 2023, se identificaron batallones enteros de Hamás por todo el mundo. ¿Parapentistas en pleno corazón de Gran Bretaña? Hamás. ¿Estudiantes que ocupan los campus para protestar contra las inversiones en el genocidio de Gaza y la ocupación de Palestina? Hamás. ¿Judíos antisionistas? Hamás. ¿Gente cualquiera en el tren que no se parece a mí y que no molesta a nadie? ¡Hamás! Al igual que con anteriores oleadas de caza de comunistas, la «caza de Hamás» y el actual miedo negro sirven para deslegitimar y criminalizar la protesta y la organización, ya sea en respuesta al genocidio israelí del pueblo palestino en Gaza o a los descarados escándalos de corrupción en Asia y otros lugares.

Hemos visto cómo se ha utilizado la «etiquetación de negro» y el miedo negro en Indonesia, Nepal y Filipinas, de forma muy similar a como se empleó en el pasado la caza de rojos. No importaba si eras anarquista o socialdemócrata: ¡te tacharían de rojo y te deportarían o encarcelarían como a un comunista asqueroso y ateo! Actores no estatales, incluidos liberales y sindicatos amarillos, han utilizado la «catalogación de rojo» para deslegitimar a sus rivales ideológicos en el ámbito electoral o sindical. Ahora, de manera similar, el mero hecho de ser de izquierdas, vestir de negro o estar en el lugar equivocado en el momento equivocado puede hacer que te tachen de anarquista y te amenacen con cargos de subversión. Lo vimos en Indonesia y Nepal, y de nuevo en Mendiola. De forma coherente y predecible, el «partido del orden» utiliza la estrategia del «miedo al negro» para reprimir no solo al partido de la anarquía, sino a todos aquellos que critican el orden imperante.

¿Qué es, en realidad, el partido de la anarquía? No es algo que pueda construirse de la misma manera que se construye un partido formal. Se constituye y se mantiene unido sobre la base de una insurrección social, o al menos de los inicios de una. Es sobre esta base que el partido de la anarquía no es meramente una amenaza para el ala dominante del partido del orden (el grupo de los existentes), sino también para el grupo de los falsos críticos, que llevan a cabo una lucha de dos líneas dentro del partido del orden, pero siguen siendo su oposición leal. El miedo negro, por tanto, funciona de forma ligeramente diferente al «miedo al rojo» en cuanto a cómo el grupo de los falsos críticos lo utiliza para atacar al partido de la anarquía.

Inmediatamente después de la represión policial en Mendiola, comenzó a formarse otra narrativa paralela. Activistas de acción directa y personas detenidas de Mendiola estaban a sueldo de agentes extranjeros, o de Sara Duterte (o así lo afirmaron muchos comentaristas). Tanto los liberales como los izquierdistas repitieron esto hasta la saciedad. El grupo de los falsos críticos negocia constantemente su lugar dentro del partido del orden y en el esfuerzo más amplio por restablecer la normalidad. Estos falsos críticos utilizan el miedo negro para disolver el partido de la anarquía con el fin de lograr ese objetivo. Ya lo hemos visto antes: por ejemplo, en la policía de paz que tildó a los y las activistas de acción directa de «agentes provocadores» y las entregó a la policía durante las revueltas por George Floyd en 2020. A través de tales acciones, los falsos críticos se posicionan como una oposición legal, legítima y leal dentro del orden imperante.

Además, los falsos críticos también utilizan el miedo negro para legitimar su propio activismo y sus organizaciones a costa de la insurrección y del partido de la anarquía. Lo hacen tildando al partido de la anarquía de «saboteadores», «provocadores», «dutertistas» encubiertos, etcétera, pero también aprovechándose de los esfuerzos de partisanos e insurrectos del partido de la anarquía para construir sus propias organizaciones mediante el pacifismo pragmático y el legalismo.

El miedo negro representa una doble amenaza: la amenaza obvia procedente del grupo dominante del partido del orden, pero, lo que es más peligroso, una amenaza adicional procedente del grupo de los falsos críticos.

Fotografía del reportaje «Mendiola, 21 de septiembre de 2025», escrito por Kenneth Roland Guda y publicado por AlterMidya.

Imponer la normalidad

La normalidad es lo que tenemos hoy en día: el régimen del trabajo, el género, el dinero, el capital, el Estado, el racismo, ad nauseam. El partido del orden impone y mantiene la normalidad haciendo que nuestra clase dependa de su funcionamiento. Si, como proclama El Manifiesto Comunista, los trabajadores del mundo no tienen nada que perder salvo sus cadenas, ¿por qué nos aferramos tanto a ellas? La perspectiva de que nuestras cadenas se aflojen nos expone a un riesgo inmenso, porque la normalidad nos hace dependientes.

Todas tenemos intereses materiales en mantener la normalidad y mucho que perder con su ruptura. Esta dependencia de la normalidad impide a muchas personas convertirse en revolucionarias activas. Mis propias discapacidades, por ejemplo, me atan a la normalidad, obligándome a tener un interés material en la estabilidad y la previsibilidad de la medicina y la asistencia sanitaria. Millones de personas y sus familias tienen, del mismo modo, intereses materiales similares que las atan a la normalidad. Incluso algo tan básico como el acceso a los alimentos puede verse afectado por la interrupción de la normalidad. Esa dependencia de la normalidad nos limita en lo que podemos hacer.

En estas condiciones, podemos hablar de revolución e insurrección todo lo que queramos, pero cualquier acto de violencia contra el partido del orden supone arriesgarse a una dura represión. Aquellas personas «partisanas» que se aferran a la ilegalidad y la ilegibilidad encuentran refugio en las periferias rebeldes. En los márgenes de la sociedad, no pueden intervenir en el fragor de la lucha de clases, y deben, en su lugar, luchar por la revolución desde sus periferias.

Quienes se encuentran fuera de las periferias rebeldes y actúan allí donde la imposición de la normalidad es más coherente, a menudo descubren que aún pueden realizar una labor positiva dentro del marco del legalismo. El legalismo empuja a la izquierda y a los y las anarquistas hacia el «pacifismo pragmático». Como pro-revolucionarias, nos negamos a afirmar el pacifismo como principio de la lucha de clases, pero consideramos que debemos ser pragmáticos en nuestra relación con la violencia, e incluso en la medida en que la respaldamos públicamente. Por eso, cuando nos manifestamos, los líderes de las marchas deben reunirse con la policía para negociar el tiempo y el espacio de su protesta, independientemente de los permisos.8 Incluso sin permisos de manifestación, la policía entiende que las concesiones informales para este tipo de concentraciones ilegales son pragmáticas a largo plazo. Esta negociación forma parte integrante de la imposición de la normalidad. Si no negociamos, corremos el riesgo de sufrir una represión que agotará recursos vitales que tendrán que destinarse al apoyo a las personas presas, ahuyentando a quienes tienen menor apetito por el riesgo y (quizá lo más importante) siendo identificados como enemigos del orden en un momento de calma y retroceso en la lucha de clases. Esto no es un juicio de valor: es simplemente la realidad de la normalidad.

Fuera del ámbito de la izquierda, de activistas y anarquistas, la normalidad adopta la forma de pasividad apolítica masiva.9 Muchos marxistas citarían la ideología o la hegemonía para explicar esto; sin embargo, más allá de las formas en que las relaciones mercantiles oscurecen y alienan la fuente del poder de nuestra clase, nuestra clase no está formada por ovejas, ni somos receptores pasivos de la ideología burguesa10. Tampoco se trata simplemente de una cuestión de desinterés por la política. La gente sabe que el mundo está jodido. Esta condición de pasividad apolítica masiva no es meramente ideológica, sino material. Ser apolítico no es tanto una elección como una condición: la imposición material e ideológica de la normalidad. Los reformistas, activistas, militantes y pro-revolucionarios se definen como tales al superar los límites materiales e ideológicos concretos que impone esta condición. Pero incluso superar estos límites no significa necesariamente que se puede superar la propia normalidad; de ahí la necesidad del pacifismo pragmático.

A través del pacifismo pragmático, los reformistas y los izquierdistas pueden negociar su posición dentro de la normalidad y del partido del orden. Así es como la lucha por las reformas impulsa a muchos a superar su pasividad. Los círculos de militantes se convierten en movimientos, los movimientos se convierten en partidos políticos y ONG, y los partidos políticos se presentan a las elecciones mientras que las ONG apoyan las reformas y —si todo va bien— estos partidos y ONG consiguen reformas para sus bases populares. Este proceso de reforma legitima a estos izquierdistas y los vincula al orden vigente. Para seguir siendo legítimos, deben permanecer dentro de los límites de la ley y, para ello, deben seguir siendo pragmáticamente pacifistas. Así es como la izquierda legal y legítima se establece como falsa crítica del partido del orden, como la «izquierda permitida» y el ala izquierda del capital.11

Para conservar este estatus, a menudo resulta necesario denunciar al partido de la anarquía y participar en la campaña de miedo al comunismo.

Fotografía del reportaje «Mendiola, 21 de septiembre de 2025», escrito por Kenneth Roland Guda y publicado por AlterMidya.

Desorganización organizada

El partido de la anarquía se ha constituido en numerosas ocasiones a lo largo de los siglos de la era moderna, desde la Reforma hasta las grandes revoluciones en Inglaterra, América, Francia, Rusia, Alemania, China y otros lugares. Durante la última década, lo hemos visto surgir en el movimiento de los chalecos amarillos en Francia, en Hong Kong, en el levantamiento por George Floyd en Estados Unidos y, más recientemente, en Bangladés, Indonesia, Nepal, Madagascar y aquí, en Filipinas.

Sin embargo, el partido de la anarquía se disuelve mediante la imposición de la desorganización por parte de las iglesias, los liberales, las vanguardias autoproclamadas, la izquierda autorizada, la socialdemocracia y otras facciones dentro del grupo de los falsos críticos. En la Revolución del Poder Popular de 1986 (EDSA Uno), la Iglesia y los oligarcas liberales llevaron a los trabajadores filipinos a apoyar a los conspiradores del golpe de Estado e instalar a la oligarca liberal Cory Aquino como presidenta. En los acontecimientos de mayo de 1968 en París, el Partido Comunista de Francia y otras instituciones de izquierda desmovilizaron a los trabajadores y a los estudiantes radicales. En la revolución iraní, los clérigos socavaron los consejos shura de la clase obrera hasta que el ayatolá pudo consolidar su poder. En Polonia, los liberales que querían negociar un lugar dentro del aparato estatal polaco socavaron la autoorganización de los trabajadores en Solidarność. En la Gran Revolución Cultural Proletaria, el propio Mao Zedong se apresuró a cooptar y desmovilizar las mismas fuerzas que había desatado para recuperar y mantener el control sobre el partido-Estado.

La facción de los falsos críticos teme la espontaneidad de masas y la actividad autodirigida, y se apresura a cooptar y desmovilizar al partido de la anarquía con el fin de organizar el el restablecimiento de la normalidad bajo su facción en ascenso. Los políticos se centran en el partido de la anarquía para que el grupo de los falsos críticos pueda reconstituirse como el nuevo grupo de lo existente y, en última instancia, reconstituir el partido del orden.

La lógica de esta desorganización organizada es la cristalización de la legalidad y la legitimidad como tamang proseso. Con el significado literal de «proceso correcto» o «debido proceso», el tamang proseso se invoca en Filipinas como la «forma correcta» o la «forma legítima» de hacer las cosas, normalmente en el contexto de las relaciones con la burocracia o los trámites. Esta afirmación de la legalidad y la legitimidad lo impregna todo en condiciones de normalidad, incluso fuera del alcance de la ley, la policía y los tribunales del Estado. El daño, por ejemplo, debe ser demostrado y probado, si no ante un tribunal, al menos mediante el juicio de los pares. Según los defensores del tamang proseso, hay que escuchar a «ambas partes», lo que oscurece las relaciones de poder inherentes, ya se trate de las dinámicas de género de la cultura de la violación o de la hegemonía de Israel y el sionismo sobre Palestina antes del 7 de octubre.

Incluso en una guerra civil, debe haber un tamang proseso, en el que tanto las guerrillas comunistas como bangsamoro sometiéndose a la legalidad y la legitimidad de la mesa de paz. Las negociaciones en la mesa de paz cumplen dos funciones. En primer lugar, representan la fusión negociada y la legitimación de una facción a medida que esta asciende al partido del orden. En segundo lugar, sirven para desmovilizar la fuerza armada de su propia facción y deslegitimar a cualquier participante en la lucha que se niegue a aceptar el compromiso. En este contexto, el tamang proseso sugiere que solo hay dos vías para la reforma: la integración negociada en el partido del orden, o la lucha armada con el fin de lograr dicha integración negociada. Las posibilidades de insurrección social, ruptura, revolución —y mucho menos de anarquía y comunización— quedan totalmente excluidas.

El «tamang proseso» es la forma «correcta» y «legítima» de protestar, organizarse y hacer política. Es la «mediación» y la «gestión» de las energías que, de otro modo, se habrían unido en el gran partido de la anarquía y el comunismo. La semana tras los acontecimientos del 21 de septiembre, el ex candidato presidencial y el socialista sin pelos en la lengua Ka Leody de Guzmán publicaron un comunicado de solidaridad en el que reafirmaban la legitimidad de la ira, aunque al mismo tiempo hacía un llamamiento a reclutar a los pobres urbanos descontentos para su corriente específica de organizaciones. Cabe destacar que esta declaración implicaba una dicotomía entre las personas organizadas y las supuestamente no organizadas —o, para ser más precisas, entre las organizadas bajo su mando y las organizadas al margen de él. No importa que la acción directa contra las fuerzas policiales tuviera lugar fuera del mando de los partidos de izquierda legítimos, mientras que ninguno de los partidos presentes en Luneta y Mendiola intervino para convertir los disturbios en una insurrección.

Incluso la insurgencia maoísta del Partido Comunista de Filipinas-Nuevo Ejército Popular (CPP-NPA) se estructura dentro del tamang proseso, a pesar de la ilegalidad manifiesta de su insurgencia. Ir a mamundok (subir a la montaña) y unirse a la guerrilla se considera la «forma más elevada de lucha» en el ámbito maoísta. Criticar a los valientes guerrilleros es una cobardía: ¿qué has sacrificado tú que te dé derecho a criticarlos? Si están librando una guerra de guerrillas, ¡entonces deben de tener razón! No importa que el desvío de militantes comprometidos hacia el mamundok prive a las ciudades de cuadros que podrían haber intervenido en la lucha de clases (dejando de lado, por ahora, los problemas del intervencionismo estalinista).

El «argumentum ad guerrilla», o la apelación a la guerrilla, presenta las cuestiones ideológicas como incuestionables porque los guerrilleros están haciendo un sacrificio costoso, a veces definitivo. Este culto a la acción da por sentado que la corrección de una estrategia puede demostrarse mediante hazañas espectaculares y el reclutamiento masivo. Sin embargo, fuerzas conservadoras como Daesh también libran este tipo de guerras de guerrilla: ¿debemos considerarlas correctas porque lograron establecer el llamado «Estado Islámico»? El argumentum ad guerrilla es la otra cara del pacifismo pragmático: el fetichismo de la violencia «revolucionaria» es la reacción inevitable a la timidez de dicho pragmatismo.

Es este «argumentum ad guerrilla» el que limita las opciones de quienes desean un cambio social a una elección entre el reformismo y el «reformismo armado», entre la socialdemocracia y la «socialdemocracia a punta de pistola». Solo estas opciones se enmarcan dentro de los límites del «tamang proseso». Pero cuando concebimos la revolución meramente como un aparato contra otro, desaparece la noción de poder de clase constituido para la abolición de todas las clases.

En consecuencia, aunque el Partido Comunista de Filipinas reconoció los sucesos de Mendiola como violencia legítima, aunque mal canalizada, pidió que estos «partisanos» de la anarquía se incorporaran a su Nuevo Ejército Popular. Del mismo modo, la izquierda legal y legítima pidió que se reclutara a los airados «partisanos» e «insurrectos» en su organización, simplemente para aumentar su número de afiliados. La idea de que la solución a nuestros males es «organizarse» —o incluso «mamundok»— es el equivalente ligeramente más radical del mantra liberal de que la solución es «votar». El resultado es el mismo: la desmovilización y disolución del partido de la anarquía y la la subordinación de sus pupilos a cierto aparato del grupúsculo de los falsos críticos: mediación, gestión e integración en la vida política.

Fotografía de Philippine Collegian.

La antipolítica contra el Tamang Proseso

La vida política y sus nociones de legalidad, legitimidad y tamang proseso constituyen la esencia misma de la normalidad. La negociación de reformas o de un lugar dentro de la jerarquía de la normalidad se gestiona y media a través de la vida política. El partido de la anarquía, como partido ajeno a toda vida política integrada, es decididamente antipolítico. Como tal, el partido de la anarquía debe ser etiquetado de rojo, etiquetado de negro y sometido al más cruel «miedo negro», porque es a través de lo antipolítico como el partido de la anarquía actúa fuera de los límites de la legalidad y la legitimidad, ya que constituye la mayor amenaza para la normalidad. La insurrección social y la revolución abolirían la legitimidad, esa ideología de la jerarquía y la sociedad de clases.

En este sentido, el «miedo negro» se desarrolla en tres niveles, todos ellos destinados a desmovilizar al partido de la anarquía. Ya hemos analizado los dos primeros niveles. El primero es represivo: el uso de la fuerza para sofocar al partido de la anarquía y, en algunos casos, reprimir también de forma oportunista al grupo de los falsos críticos. El segundo nivel es mediador: una vez disuelto el partido de la anarquía, integrar a sus antiguos miembros en el grupo de los falsos críticos bajo la gestión general de la vida política.12 El tercer nivel del «miedo negro» es reimpositivo: la restauración, la reanudación y la reimposición de la normalidad bajo el antiguo o el nuevo partido del orden. Este aspecto reimpositivo del miedo negro es el más insidioso, pues surge como consecuencia del miedo a la anarquía por parte del propio partido de la anarquía, que pierde su coherencia cuando el partido no logra superar los límites de la insurrección.

El miedo negro represivo es tarea del partido del orden, concretamente bajo el grupo dominante de lo existente. El «miedo al negro» mediador es tarea de la facción de los falsos críticos a través de su lucha de dos líneas para convertirse en la facción dominante. El «miedo al negro» reimpulsor surge desde dentro del propio «partido de la anarquía», como consecuencia de los límites materiales e ideológicos reales de la insurrección, límites que los «insurrectos» deben superar si quieren transformar una insurrección en una revolución social que abarque el mundo entero.

El tamang proseso es el motor de la imposición y la reimposición de la normalidad. Frente al miedo al negro reimpositivo, los insurrectos deben luchar contra el poder mismo de legitimar, desarrollando una antipolítica que rechace incluso (o especialmente) la forma democrática y la legitimidad y ciudadanía que esta implica.

Aparte de la evidente función represiva de la actuación policial desplegada contra nuestra clase y el partido de la anarquía, la actuación policial está al servicio del tamang proseso. Los escándalos relacionados con el control de las inundaciones en Filipinas están siendo investigados por la Comisión Independiente para las Infraestructuras (ICI), creada por Marcos. Estos mecanismos reafirman la legitimidad del partido del orden. El aparato estatal encargado de vigilar la corrupción convence a los ciudadanos de que el sistema funciona. Así es como el Estado gestiona los antagonismos de clase. Esa es la limitación última del discurso sobre la corrupción, a través del cual la ciudadanía se reproduce y se reafirma como tal, con toda la pasividad que ello implica bajo el régimen de la democracia. La abolición de la legitimidad y del «tamang proseso» comienza con el fracaso de este discurso, cuyas semillas pueden permanecer latentes durante décadas; ha habido una corrupción abyecta y desenfrenada durante mucho tiempo, pero sus contradicciones no alcanzaron un punto de ruptura hasta septiembre de 2025.

El partido del orden lleva a cabo de forma proactiva la mediación y la gestión de la vida política para impedir que el partido de la anarquía gane cohesión. En momentos cruciales de la política burguesa, como las revoluciones políticas o las elecciones importantes, la reconfiguración de los grupos parlamentarios y las subfacciones del partido del orden crea nuevas vías para mediar y gestionar la vida política. La Revolución del Poder Popular y la República de EDSA llevaron a segmentos de la izquierda filipina a comprometerse con la oligarquía liberal gobernante. En consecuencia, el blanqueo del acaparamiento de tierras bajo la administración de Noynoy «PNoy» Aquino (2010-2016) por parte de quienes se autodenominaban demócratas populares provocó una desilusión masiva, lo que contribuyó a la elección de Rodrigo Duterte en 2016. En Nepal, la disolución de los gobiernos populares mediante el decreto de Prachanda y el propio ascenso de Prachanda al cargo de primer ministro de Nepal condujo a la integración de su partido y de otros partidos comunistas nepalíes en el grupo de los ya existentes, mientras que los maoístas oficiales se enriquecían. En Indonesia, las contradicciones y los antagonismos que persistían desde la Reformasi dieron paso a la restauración de un hijo del Nuevo Orden mediante la elección de Prabowo Subianto.13

El partido de la anarquía cobra cohesión a medida que el abyecto fracaso del tamang proseso se hace cada vez más difícil de ignorar. Cada vez son más los que se desilusionan, no solo con el «tamang proseso» del sistema vigente, sino también con sus falsos críticos. Al igual que la «iglesia invisible» (una iglesia de elegidos o futuros conversos conocida solo por los verdaderos creyentes en Cristo), el partido de la anarquía se cohesiona primero como un «partido invisible», a medida que se forjan afinidades entre militantes que se reconocen mutuamente como elegidos, pero que aún ni siquiera saben que son compañeros y «kasamas» en la lucha. Entonces, con el tiempo, la presión rompe el dique. El asesinato a manos de la policía de Affan Kurniawan desencadenó las insurrecciones de agosto y septiembre en Indonesia; la prohibición de las redes sociales nepalíes (y, por tanto, de la crítica) desencadenó la insurrección de septiembre de 2025 en Nepal; y el descontento que llevaba tiempo gestándose a raíz de los escándalos relacionados con el control de las inundaciones, combinado con la alta moral derivada de ver insurrecciones en otros lugares, inspiró la batalla de Mendiola el 21 de septiembre en Filipinas. La incapacidad para mediar y gestionar la situación unió al partido de la anarquía en todos estos países.

Las marchas superan los límites del pacifismo pragmático y se intensifican hasta convertirse en actos individuales de ilegalismo. Los actos de ilegalismo individual superan los límites que bloquean el camino hacia los actos colectivos de ilegalismo, y los disturbios de ilegalismo colectivo dan lugar al ilegalismo de masas, y luego a la insurrección, la revolución, la comunización y la unificación de la humanidad. Cada nivel de escalada debe superar sus límites particulares.

Fundamentalmente, la insurrección y la revolución abren los horizontes a posibilidades más allá del mundo en el que vivimos actualmente. Una vez que vislumbramos las posibilidades que hay más allá, ¿por qué deberíamos quedarnos donde estamos? ¿Para rehacer lo que se ha deshecho? Sin embargo, nuestra clase no toma esa decisión, o si hemos tenido que hacerlo, lo hemos elegido con dolor en el corazón, ya que los límites últimos de la insurrección desintegraron el partido de la anarquía.

Fotografía de Philippine Collegian.

Tamang Proseso contra el Partido de la Anarquía

La reacción es inevitable. La revolución, no. A medida que el partido de la anarquía se consolida como consecuencia del fracaso de la política, los pro-revolucionarios luchan por reconfigurarse en relación con dicho partido. La represión del partido del orden y la mediación del grupo de los falsos críticos no son las únicas amenazas. La reimposición de la normalidad se vuelve inevitable cuando las personas insurrectas no logran comunizar la vida social en el seno de la insurrección y son incapaces de escalar hacia la revolución del mundo entero.

No habrá una mano invisible de la insurrección como la hay del mercado —o, al menos, no inicialmente—. Las fuerzas del mercado están impulsadas por la mano invisible de la lógica totalizadora del capital. En cambio, la lógica de la insurrección surge de forma embrionaria, como una plántula en un entorno totalmente hostil. Las personas trabajadoras que se convierten en «insurrectas» y «partisanas» de la anarquía tienen mucho que perder al romper con la normalidad. Sin embargo, lo que ganamos a través de esa lógica insurreccional puede reorganizar la vida social durante la ruptura. Esa lógica insurreccional debe luchar a muerte contra la lógica totalizadora del capital, o de lo contrario será sofocada por la contrarrevolución. Aquí es donde las personas pro-revolución deben intervenir para nutrir y cultivar esa plántula de lógica insurreccional de la anarquía y el comunismo. Aquí es donde la revolución crea a las personas revolucionarias.

En Indonesia, la insurrección dio lugar a saqueos masivos y a incendios provocados a gran escala de edificios gubernamentales. Las personas pro-revolución convocaron «parlamentos de la calle», creando espacios para que las «insurrectas» hablaran de revolución. Sin embargo, no se apoderaron de las armas antes de incendiar los arsenales de la policía. Al final, las personas «insurrectas» no pudieron defenderse a sí mismas, ni a sus campus, ni a sus hogares de los matones del partido del orden o de los saqueadores y violadores oportunistas. La insurrección no se extendió al campo, ni las personas pro-revolución lograron vincular entre sí los distintos focos de insurrección de manera significativa. Sin medios para defenderse ni para alimentarse, las personas «insurrectas» de todo el vasto archipiélago llegaron, con escasa coordinación, a la misma conclusión: «pacificarse», seguir movilizándose pero de manera no violenta, y abogar por un compromiso con el partido del orden. La autopacificación estuvo impulsada por el miedo a la reacción y a la contrarrevolución. Sin embargo, la reacción era inevitable en cualquier caso. Fue precisamente la reacción de Prabowo la que se convirtió en la vanguardia del «miedo negro» a escala mundial.

Muchas personas en Indonesia que no intervinieron o lo hicieron solo de forma defensiva se vieron atrapadas esperando a que las condiciones maduraran, a que la insurrección se convirtiera en un escenario viable para la intervención revolucionaria. Ese attentisme, una «actitud de esperar y ver qué pasa», es otra forma más de tamang proseso, como si el orden correcto de las operaciones fuera consolidar una organización revolucionaria antes de una revolución. De hecho, las condiciones ideales no existen, pero sí las oportunidades, y estas surgen independientemente del grado de preparación o del nivel de organización. El «attentisme» atrapa a los pro-revolucionarios en un bucle infinito de espera de las condiciones ideales, organizando y construyendo el movimiento sin fin —paciencia por el simple hecho de tenerla—. Pero nuestra clase no es débil porque esté desorganizada, «nuestra clase está desorganizada porque es débil». La paciencia y la prudencia no se vieron recompensadas en absoluto, pues la reacción era inevitable una vez que se cerró el horizonte para la acción revolucionaria.

En Nepal, las personas «insurrectas» se armaron mientras incendiaban el viejo orden. La integración casi total de los diversos partidos comunistas oficiales en el partido del orden garantizó que prácticamente ninguna fuerza pro-revolucionaria organizada (o al menos ninguna fuerza «legible») interviniera en la insurrección. Sin embargo, las personas «insurrectas» se apoderaron de las armas mientras incendiaban el Gobierno, superando así un límite crucial que las «insurrectas» de Indonesia no habían logrado superar.

Una vez que se calmaron las aguas, muchos, incluido The New York Times, alegaron que una oscura conspiración había organizado los incendios masivos. En las revoluciones políticas, como la que tuvo lugar en EDSA Uno en 1986, las fuerzas políticas más organizadas y coherentes cuentan con la legalidad y la legitimidad necesarias para hacerse con el poder del Estado.14 Si hubiera existido una conspiración para cometer incendios masivos a la escala que muchos insinuaban, dicha conspiración habría sido lo suficientemente poderosa como para apoderarse directamente del poder del Estado. Sin embargo, ningún «golpe de Estado» de ese tipo tomó el poder, ni una dictadura colectiva invisible bakuninista-tiqqunista impidió el restablecimiento de la normalidad. Tampoco el general Ashok Raj Sigdel aprovechó el momento para imponer descaradamente un régimen armado o restaurar la monarquía, como muchos temían que pudiera ocurrir. En ausencia de un gobierno civil legítimo, nada habría podido detener a Sigdel, ni siquiera el partido de la anarquía, que no había logrado superar ciertos límites y se encontraba en retroceso.

Pero, aunque el partido de la anarquía en Nepal fue capaz de pasar de actos individuales de ilegalismo a actos colectivos masivos de ilegalismo, no logró trascender los límites del legalismo y de la propia legitimidad. Así, cuando Sigdel y el ejército restablecieron la legalidad, la ley y el orden, el ejército se ofreció a conferir legitimidad a la infame elección de Discord. Al mismo tiempo, el gobierno militar de facto utilizó el miedo al comunismo para reprimir al partido de la anarquía, fusilando a partisanos en las calles. La revolución antipolítica se volvió profundamente insostenible. ¿Cómo podría ser de otra manera?

La antipolítica puede incendiar los parlamentos y las grandes mansiones de los maoístas oficiales, pero ¿cómo se supone que esas personas «insurrectas» van a incendiar todo el aparato estatal sin alimentarse? Al fin y al cabo, el saqueo no es más que una solución provisional. Tanto Vladimir Lenin como Piotr Kropotkin comprendieron (y coincidieron con Karl Marx) que, para que la revolución sobreviviera, debía alimentarse a sí misma, superando las distinciones entre la ciudad y el campo. Para Lenin, la solución era la gran alianza entre el proletariado (y el Estado) y el campesinado. Para Kropotkin, era el libre intercambio entre los trabajadores urbanos y rurales. Cuando los bolcheviques ya no pudieron apaciguar ni persuadir al campesinado para que participara en su alianza de clase, recurrieron a la coacción abierta, lo que desencadenó innumerables revueltas de los llamados «ejércitos verdes». El partido de la anarquía —cuyas armas principales no son las armas de fuego ni la fuerza de las armas, sino la subversión de la sociedad a través del rechazo «suicida» de sí mismas como personas, como ciudadanía, como trabajadoras— no disponen de tal ejército para imponer la extracción de alimentos. Muchos anarquistas y comunistas sugieren que la revolución solo puede tener éxito cuando tiene un carácter internacional. Tienen razón, pero ¿cómo puede la revolución alcanzar carácter internacional si no es capaz de superar las divisiones más cercanas entre la ciudad y el campo?

Así pues, mientras la normalidad se veía interrumpida —como consecuencia de la incapacidad de la insurrección para mantenerse y reproducirse socialmente—, la insurrección no tuvo más remedio que buscar una solución política en la restauración del partido del orden. Sigdel y el ejército, actuando como bastión de la ley y la legitimidad, otorgaron con elegancia legitimidad a la mayor encuesta de Discord que el mundo haya visto hasta ahora. La insurrección se mostró satisfecha de volver a ser ciudadanía, y la normalidad regresó, junto con toda la reproducción social que ello implica.

Muchas personas presas que escaparon durante la insurrección en Nepal, al encontrar sus míseras celdas reducidas a cenizas, se presentaron obedientemente en otras celdas míseras en otros lugares, pues la legalidad dentro de la celda era preferible a una vida de fugitivo bajo el yugo del partido del orden. La prisión, incluida aquella que hoy constituye la sociedad en su conjunto, solo puede abolirse como consecuencia de la abolición de la ley y la legitimidad. Sin ellas, ¿cómo podría siquiera concebirse el hecho de volver a la prisión? ¿A la reanudación de la democracia y del orden que esta mantiene? La normalidad será preferible a la reacción más dura. La ciudadanía será preferible a la incertidumbre. Y precisamente porque la coacción bajo el capitalismo es la libertad de trabajar o morir de hambre (en lugar de la coacción descarnada de la esclavitud o la muerte), la gracia concedida para legitimar la mayor elección de Discord es una elección totalmente comprensible. Pues el proletariado es revolucionario o no es nada, y no es revolucionario precisamente cuando se reproduce a sí mismo como trabajadores, como proletariado, como la clase del capital, persuadida para seguir siendo ciudadanía leal al partido del orden.

Sin superar estos límites concretos —el miedo negro reimpositivo, que reafirma el tamang proseso—, las cosas no podrían haber salido de otra manera. Una gran conspiración secreta para incendiar las manifestaciones físicas del gobierno siempre resulta insuficiente, pues el Estado, al igual que el capital, el patriarcado y otras jerarquías, no se sustenta en lugares, sino en relaciones sociales. Un parlamento puede arder, pero su legitimidad permanecerá intacta. Reconstituida como ciudadanía, la previa «insurrección» reconstruyó el parlamento en Discord. En ese momento, bajo la mirada siempre vigilante de las fuerzas armadas nepalíes, la elección era clara.

Si nos hubiéramos enfrentado a las mismas opciones, ¿seríamos como los «maquis» que continuaron la lucha contra Francisco Franco tras la derrota de la Revolución Española? ¿Seguiríamos adelante, como los hermanos Sabaté que se escondieron en los bosques y las montañas y persistieron a pesar de la victoria y la consolidación del fascismo español? Los actos individuales de ilegalismo, e incluso los pequeños actos colectivos de ilegalismo —y especialmente aquellos que tienen lugar en las periferias—, rara vez desafían la normalidad lo suficiente como para inspirar brotes colectivos masivos de ilegalismo como los que vimos en Indonesia y Nepal.

Inevitablemente, la normalidad se reimpone. Este es el resultado de los límites materiales e ideológicos que restringieron el crecimiento de la insurrección y sofocaron su lógica embrionaria. El tamang proseso triunfa, junto con toda la legalidad y legitimidad que encarna. Se produce la «caza de brujas» y la insurrección se convierte en ciudadanía, y personas presas, fugitivas o guerrilleras —poco importa cuál de estas condiciones, siempre y cuando el partido del orden reine supremo—. Los falsos críticos se reconfiguran dentro de la nueva normalidad. Los antipolitizados o bien se politizan o bien vuelven a la pasividad. «Dios está en su cielo. Todo es normal en la Tierra».

Fotografía de Philippine Collegian.

Superar los límites

La aparición del partido de la anarquía en Mendiola el 21 de septiembre de 2025 puso de manifiesto la impotencia de todas las facciones de la izquierda y la posizquierda en Filipinas, incluido este autor. Incluso sin una conspiración partidista, la juventud empobrecida de las zonas urbanas pasó a la acción allí donde muchas otras personas no pudieron hacerlo. Es la mayor ironía que quienes participaron en conspiraciones partidistas (algunas de las cuales incluyen alas armadas) se limitaran a las periferias rebeldes o a una postura de pacifismo pragmático. Militantes y cuadros de «Democracia Nacional» habían llevado a cabo actos de vandalismo de alcance limitado y escaramuzas leves con la policía a principios de septiembre, pero no fue hasta unas semanas más tarde, el 21 de septiembre, cuando personas denominadas «desorganizadas» actuaron de forma autónoma. En las semanas intermedias, entre principios de septiembre y el 21 de septiembre, la izquierda «autorizada» pasó de una violencia limitada a un pacifismo pragmático, mientras que aquellas personas pro-acción directa pasaron de un anonimato apolítico a una violencia abiertamente legible.

No es sencillo exigir a quienes estuvieron presentes en Luneta y Mendiola el pasado mes de septiembre que se hubieran lanzado a participar en un altercado para convertirlo en una insurrección. En lugar de preguntarnos qué podrían haber hecho de otra manera quienes estaban sobre el terreno aquel día, podríamos preguntarnos: ¿qué habría sido necesario para crear una situación en la que no pudieran haber actuado de otra manera? Es decir: ¿qué limitaciones determinaron las acciones que podían llevar a cabo? ¿Qué límites materiales e ideológicos les impidieron intervenir para elevar el disturbio más allá de sus límites?

Los enfrentamientos y actos de vandalismo protagonizados por la Democracia Nacional el 4 de septiembre contaron con la participación de militantes que comprendían el riesgo y estaban dispuestos a asumirlo. En Luneta y Mendiola, durante los acontecimientos del 21 de septiembre, la composición de la multitud era diferente. Muchos tenían menos disposición al riesgo y, de hecho, recibieron la orden de dispersarse por parte de quienes habían convocado las marchas.

La legalidad tiene sus utilidades. Los Nacionaldemócratas que marcharon bajo las pancartas del bloque Makabayan actuaron como la «izquierda autorizada». Si hubieran tomado la decisión de sumarse a los disturbios en Mendiola, podrían haber perdido sus escaños en el Congreso. Perder su posición dentro de la normalidad habría significado renunciar a las reformas que tenían previstas. Una vez más, no se trata necesariamente de juzgar su inacción, ni de poner en duda sus credenciales socialistas, sino de reconocer los límites que nos impone la normalidad y de reconocer cuándo nos hemos visto obligados a preservarla.

Nombrar a nuestros demonios es el primer paso para exorcizarlos. No podemos superar los límites materiales e ideológicos que no se nombran o no se reconocen. Al estudiar por qué fracasaron las insurrecciones, podemos armarnos con el conocimiento de lo que hay que evitar. La intencionalidad es imposible sin conocimiento. Nuestros antepasados revolucionarios nos proporcionaron el lenguaje para identificar diversos límites: la división entre la ciudad y el campo; alimentar la revolución, o la Conquista del Pan; romper con la ideología burguesa, ya sea el obrerismo, la afirmación de la identidad proletaria, la ciudadanía, el legalismo o la legitimidad; garantizar la logística de la asistencia sanitaria y la medicina; superar diversas divisiones del trabajo, especialmente la división del trabajo por género y la reproducción social; la defensa y la cuestión militar; la rendición de cuentas y la seguridad; superar la periferia y el aislamiento revolucionario; superar las divisiones ideológicas y sectarias; superar las separaciones, las identidades y la intolerancia en la clase trabajadora; expropiar a los expropiadores; lidiar con el Estado; resolver la «crisis del liderazgo revolucionario»; y muchas más.

La legitimidad del partido del orden tiene su base material en la reproducción fluida de la normalidad: cosas sencillas como la logística de los alimentos y los medicamentos, mantener las luces encendidas y los hospitales abiertos, proteger los hogares y la dignidad frente a las violaciones. De ahí surge el legalismo, y de ahí el «tamang proseso». Al experimentar la inseguridad de la ruptura y la insurrección, ¿de qué otra forma se podría imaginar relacionarse con el Estado si no es a través de los procesos legítimos? Romper con el partido del orden significa, pues, cuestionar la base material de su legitimidad y legalidad —para que la lógica de la insurrección responda a las difíciles preguntas de cómo superar límites específicos, comunizando la alimentación, la seguridad y los cuidados.

En condiciones de normalidad, sí, somos pacifistas porque somos pragmáticos. Pero, ¿cuándo deja el pacifismo de ser pragmático? Cuando llegue el momento, ¿se habrá arraigado tanto en nosotros nuestro pacifismo pragmático que ya no sea pragmático? ¿Nos habremos acostumbrado tanto a someternos a los límites que perdamos la oportunidad de trascenderlos? Nuestra relación con el pragmatismo nunca debe elevarse al nivel de un principio. El pragmatismo no es un «valor» que haya que mantener o defender, precisamente porque es meramente pragmático. Es tautológicamente cierto que el pragmatismo no es un principio. El propio pragmatismo se convierte en un límite material e ideológico en el proceso insurreccional.

Los y las revolucionarias del pasado han hecho de la necesidad una virtud y han elevado las propuestas pragmáticas al ámbito de la ideología. «Teníamos que hacer esto», basándose en la contingencia y el pragmatismo, se convirtió en «tenemos que hacer esto», basándose en un principio. Eso es «ideologización». Existen muchos casos de este tipo: la policía secreta y los campos de concentración (ya fueran el Gulag o el Laogai) se justificaban como medidas pragmáticas en un contexto determinado, pero ahora los pro-revolucionarios las han ideologizado y las han elevado a la categoría de principios, argumentando que las funciones represivas de una revolución deben ser necesariamente carcelarias. Se pueden encontrar ejemplos similares de ideologización en el revisionismo de Eduard Bernstein, en la vulgarización que supone el «socialismo en un solo país» y en el dogmatismo del centralismo democrático. La ideologización es la legitimación de la contingencia convertida en tamang proseso.

Tampoco es cierto que la «revolución», la «anarquía» o el «comunismo» vayan a «resolver» cuestiones como la liberación de las mujeres —cuestiones que algunas personas desean posponer hasta después de haber conquistado el poder o derrotado a la burguesía—. Esto se debe a que el capitalismo es un sistema alienado construido sobre nuestra propia agencia alienada. Las fuerzas del mercado y la lógica totalizadora del modo de producción capitalista estructuran nuestra agencia y, al mismo tiempo, dependen de ella. Es en este sentido que la revolución, la anarquía y el comunismo siguen concibiéndose en términos capitalistas, como agencia alienada en lugar de como la recuperación de nuestra propia agencia colectiva.

Por eso la revolución no «resolverá» nada, ni la anarquía ni el comunismo «eliminarán» la dominación, porque seremos nosotros quienes estemos al mando de nuestro propio destino. La revolución, la anarquía y la comunización son nuestra agencia, ya no separada de nosotras. El proceso revolucionario puede fracasar —y fracasará— si nosotras mismas no logramos superar los límites materiales e ideológicos a los que nos enfrentamos. La revolución no «liberará» a las mujeres; las mujeres y todas las personas a las que se les asigna un género deben liberarse a sí mismas y abolir la división del trabajo basada en el género y el género en sí mismo —por citar un solo ejemplo—; de lo contrario, la revolución degenerará. En lugar de una mano invisible de la insurrección, nuestras propias manos serán muy visibles en la revolución. Por consiguiente, debemos tener claridad sobre los mecanismos de los aspectos materiales e ideológicos de cada límite al que nos enfrentamos, para poder superarlos y traspasarlos.

A menudo se dice que «el fin justifica los medios». A esto respondemos: «Pero, ¿y si nunca hay un fin? Todo lo que tenemos son medios», citando a Ursula K. Le Guin. La lejanía del fin que deseamos —nada menos que la plena revolución y comunización de la sociedad y el fin de todas las formas de dominación— y la gravedad inimaginable de aquello a lo que nos enfrentamos nos obligan a considerar que «todo lo que tenemos son medios», al menos durante los períodos de normalidad.

Si todo lo que tenemos son medios, entonces nuestros medios deben ser prefigurativos15 y generativos, ayudándonos a desarrollar la capacidad de acción, la autonomía y la capacidad para una militancia autodirigida. Estas tareas no son «revolucionarias» en el sentido de que puedan desencadenar por sí mismas una ruptura, una insurrección o una revolución, ni de que alcancen los fines que deseamos durante los períodos de normalidad. Más bien, son revolucionarias en la medida en que pueden permitirnos organizarnos, resistir, luchar y desarrollar poderes y capacidades que serán útiles en insurrecciones y situaciones revolucionarias. El hecho de que estas capacidades estuvieran gravemente subdesarrolladas explica por qué las recientes insurrecciones en Indonesia, Nepal, Filipinas y Madagascar terminaron con la desmovilización del bando anarquista y la reimposición de la normalidad. En este sentido, ciertos tipos de pragmatismo —como el de apelar a una facción diferente de la clase dominante, tal y como ocurrió tras el 21 de septiembre— resultan contraproducentes, ya que nos acostumbran a subordinarnos, a aplazar nuestros deseos y a recurrir al poder.

Para alcanzar los fines que deseamos, el maximalismo es lo que se impone: luchar por un «programa máximo», por el máximo cambio posible, por la anarquía, el comunismo y el fin de toda dominación. El maximalismo es un músculo que debemos ejercitar continuamente. Como medio, el maximalismo nos permite fortalecer nuestra capacidad de pensar más allá del momento actual. Si los fines que perseguimos no son ambiciosos —si nos limitamos a reclamar reformas (¿reformas de quién?), rendición de cuentas (¿rendición de cuentas según quién?), uniones vagas con un sector diferente de la oligarquía—, entonces cualquier medio que construyamos no podrá trascender el momento actual. En períodos de normalidad, el maximalismo es una práctica de imaginación política que nos desafía a pensar más allá del capitalismo, el Estado, el género, el patriarcado y la jerarquía. Cuando la normalidad se desmorona, es la clarividencia del maximalismo la que permite a las personas pro-revolución resistir al retorno a la normalidad. En este sentido, el maximalismo encarna una de las reivindicaciones del episodio revolucionario francés de mayo de 1968: «Sé realista, exige lo imposible».

Junto al maximalismo, también debemos cultivar la valentía. En el sentido en que se utiliza aquí, la valentía es el medio por el que nuestra clase se vuelve capaz de participar en insurrecciones y revoluciones. La valentía es el impulso que supera los límites materiales e ideológicos del pacifismo pragmático, el que permite al partido de la anarquía mantenerse unido más allá de un disturbio para precipitar una insurrección social. La seguridad en una insurrección es, obviamente, una ilusión; al fin y al cabo, no es una cena entre amigos. Pero, al igual que una cena, una insurrección debe ser un momento y un espacio para que por fin seamos nosotras mismas: nuestro «re-ensalvajamiento», nuestra «autoabolición» como personas proletarizadas, alienadas, genderizadas y separadas.

Desde el punto de vista material, la normalidad se legitima a través de nuestra dependencia colectiva de su reproducción. Ideológicamente, esto se manifiesta como una pasividad apolítica masiva. La izquierda autorizada y los falsos críticos politizan a los miembros de nuestra clase cultivando su valentía solo para canalizarla hacia la búsqueda de escasas reformas. La valentía permite a nuestra clase exigir cada vez más al partido del orden. La valentía también es necesaria en la escalada, ya que permite a nuestra clase romper con el partido del orden y con la imposición de la normalidad.

Asaltar un arsenal antes de incendiar una comisaría puede acarrear penas más severas que el incendio provocado. ¿Qué tipo de valentía se necesitaría para tomar las armas en un momento así, en lugar de deleitarse con la mera destrucción, como en Indonesia? Y cuando la reacción llegue inevitablemente, ¿qué tipo de valentía permitiría a nuestra clase en proceso de abolición mantener las armas en alto contra los oportunistas y los matones, en lugar de entregarlas al partido del orden, como hicieron las personas que se rebelaron en Nepal? El ataque contra nuestra clase es lo que la impulsa a anhelar el restablecimiento de la normalidad en busca de una apariencia de seguridad. Cultivar la valentía también significa mantener el acceso libre a los suministros alimentarios y a la asistencia sanitaria, al tiempo que nos defendemos de los oportunistas y los reaccionarios. Inevitablemente, las personas «insurrectas» también tendrán que encontrar la valentía para renunciar por completo al dinero y a la división del trabajo.

Esta valentía debe cultivarse en condiciones de normalidad. Una limitación profundamente arraigada para la valentía en condiciones de normalidad es la cultura de la violación, que obliga a innumerables mujeres y personas queer a abandonar los movimientos. El capacitismo y la intolerancia también alejan a la gente y rompen la unidad necesaria para una mayor valentía. ¿Será «nuestra» insurrección, el desatar de «nuestra» agencia, si no puede incluirnos a todas bailando en ella?

Del mismo modo, cuando la militancia y la «insurrección» se ven envueltas en el miedo represivo negro, es crucial apoyarlas, no sea que la valentía de todas se vea limitada si vemos que no contaremos con apoyo cuando llegue la reacción. Del mismo modo, la lucha por la abolición del sistema carcelario, por la retirada de fondos a la policía y por la puesta en libertad de las personas presas, es esencial para cultivar la valentía de nuestra clase.

Se requiere una capacidad similar de valentía en lo que respecta a los alimentos y los bienes. Está más que claro que las economías solidarias y los acuerdos institucionales alternativos (el llamado «doble poder») no pueden ni van a desafiar la normalidad ni a superar la lógica totalizadora del capital. Pero el carácter parcial de estas formas de vida alternativas aún puede proporcionarnos valentía y las bases para su generalización en el marco de una revolución. Nuestra intencionalidad en estos asuntos, por tanto, nos exige ser conscientes de los límites de lo que podemos hacer en condiciones de normalidad.

La insurrección volverá, tal y como ha ido y venido desde incluso antes de la Reforma. Se necesitarán intencionalidad, maximalismo y valentía para la próxima.

Fotografía de Philippine Collegian.

El próximo «miedo negro»

Nos encontramos en una situación de guerra mundial: desde la guerra de Rusia contra Ucrania hasta el genocidio israelí en Gaza y la limpieza étnica en Palestina y el Líbano, la guerra de EE. UU. e Israel contra Irán, el Golfo, el Cuerno de África, los conflictos en el Sahel, la guerra civil en Birmania y Papúa Occidental, y la amenaza de guerra contra Taiwán y el mar del Sudeste Asiático. Todas las partes implicadas en todos estos conflictos están unidas por el miedo negro. En la guerra contra Irán, hemos sido testigos de un nuevo modo de contrainsurgencia imperialista, en el que los imperialistas bombardean de forma preventiva a los iraníes revolucionarios para asegurarse de que no pueda consolidarse un movimiento revolucionario. La guerra mundial apunta a dos posibilidades Dos posibilidades se perfilan en el horizonte: o bien la oportunidad de una ruptura y una insurrección, o bien una imposición aún más violenta de la normalidad en todo el mundo. Todos los gobiernos pertenecen al mismo partido del orden, aunque sea en forma de facciones y grupos parlamentarios rivales e incluso enfrentados. Nuestra clase no pertenece al partido del orden; la nuestra es la del partido de la anarquía por venir.

Mientras los partidarios del partido del orden organizan conferencias anti-antifa a nivel internacional e intensifican el miedo negro, nuestra tarea como personas pro-revolución es reconocer nuestro papel en la lucha que se avecina. A pesar de las deficiencias de la analogía militar, una referencia podría resultar útil. En la teoría militar, la vanguardia no es el comandante de las fuerzas sobre el terreno, sino la unidad que se adelanta para enfrentarse al enemigo, retrasarlo y sentar las bases para que avancen las fuerzas principales. En esta analogía, el partido de la anarquía es esa fuerza principal, pero nosotras podemos abrir el camino explorando el terreno metafórico. Sentar las bases significa cultivar la valentía que todas las personas necesitamos. Pero la lucha de clases no es una guerra entre frentes o aparatos; es el proletariado luchando por abolir sus roles como proletarios, como hombres y mujeres, como cualquier identidad que la normalidad nos haya impuesto.

A medida que se intensifica la actual guerra mundial, el internacionalismo será crucial. Sin embargo, como han demostrado las insurrecciones de 2025, si las personas «insurrectas» y pro-revolucionarias han sido incapaces de interconectar las luchas entre la ciudad y el campo —o incluso de alimentarse—, ¿cuánto más difícil resultaría interconectar las luchas a través de las fronteras de jure y los Estados ? Es al tender puentes y unir parcialmente estas diversas separaciones y periferias donde los pro-revolucionarios pueden ser más eficaces durante los períodos de normalidad. «No corresponde a los y las rebeldes aprender a hablar como anarquistas; corresponde a los y las anarquistas convertirse en políglotas». Nuestra tarea consiste en hablar los diferentes lenguajes de la lucha y traducirlos unos a otros. Es en nuestras luchas interconectadas donde el Partido de la Anarquía cobra cohesión, a partir de la forja de solidaridades antes y durante la insurrección. La gran unificación de las diversas periferias no puede llevarse a cabo en condiciones de normalidad, pero la intención y la valentía para allanar el camino hacia ella pueden ser posibles, siempre y cuando no sucumbamos al attentisme.

Aquí, en Filipinas, la situación es crítica. Es posible que este verano no haya suficiente electricidad para abastecer a las partes más productivas económicamente de la red nacional. Se prevé que el verano sea especialmente brutal, ya que es temporada de El Niño, por lo que las sequías, las malas cosechas y los golpes de calor podrían ser habituales. Si a esto le sumamos una crisis de fertilizantes y de fueloil, la crisis que se avecina podría suponer un colapso de la normalidad a una escala mayor que la pandemia de la COVID-19. La «caza de brujas» en respuesta a los acontecimientos del 21 de septiembre sigue en marcha, y muchos de los detenidos ese día aún se enfrentan a cargos. Sin embargo, el Partido de la Anarquía aún puede volver a cohesionarse. Si las respuestas siguen siendo inciertas, al menos podemos estar seguros de qué preguntas debemos plantearnos.

No pretendo prescribir un modo de organización, ya sea formal o informal, para cumplir con la tarea de cohesionar el partido de la anarquía en un momento de insurrección. Argumentar que debemos comprender el «miedo negro» y otros límites materiales e ideológicos no equivale necesariamente a defender modelos de organización formales o informales.16 Aquí simplemente hemos repasado lo que se necesitará para superar los límites concretos con los que nos hemos topado. Cómo construir la organización para cumplir esas tareas sin volver a quedar subsumidas en la normalidad depende de las insurrecciones venideras.

La tarea de superar los límites es una que todos las personas pro-revolución deben asumir como elegidas conscientes del «partido invisible». _ Como personas pro-revolución, podemos ver este partido invisible, el futuro Partido de la Anarquía, allá donde miremos: jeepneys chupers , mambubukid, kadamay, kamanggagawa, kababaihan, kabaklahan y kasama.

Todo bajo el cielo está sumido en el caos; la situación es excelente para la anarquía.

Fotografía de Philippine Collegian.


Agradecimientos

Todo lo que escribo es autobiográfico, y más aún cuando se trata de teoría política. Dedicado a amantes, compañeras, kasamasa, kaoomchies y kaibigan: a todos los que persisten. D—, K—, P—, T—, H—, N—, H—, I—, R—, H—, I—, A—, A—, M—, R—, B—, J—, K—, P—, A—, M—, A—, P—, L—, G—, J—, I—, M—, A—, A—, V—, A—, 1—, R—, R—, PM, ISE, BI, TDP, A!, PS, MF y muchos más.


Lecturas recomendadas

Sobre la ola de levantamientos que se extendió desde Sri Lanka hasta Bangladés, y luego desde Indonesia hasta Nepal, Madagascar, Marruecos, Perú y otros lugares:

Más material sobre Filipinas:

  1. EDSA, que se pronuncia «Ed-Sa», son las siglas de la avenida Epifanio de los Santos, la misma avenida donde tuvieron lugar la Primera y la Segunda Revolución del Poder Popular, o EDSA Uno y EDSA Dos, respectivamente. Al igual que en Luneta, marchar y movilizarse en EDSA tiene un gran valor simbólico. 

  2. «DDS» era originalmente el apodo del ejército privado del entonces alcalde Rodrigo Duterte, el «Davao Death Squad» (Escuadrón de la Muerte de Davao), del que se acusa a Duterte de utilizarlo para aterrorizar a la población urbana pobre de la ciudad de Davao. Durante la campaña presidencial de Duterte, el movimiento fascista «Dutertista» se apropió del acrónimo DDS y lo adoptó como «Duterte Diehard Supporters» (Partidarios Acérrimos de Duterte). 

  3. Cuando procede, en este texto se utilizan filipinismos (palabras propias del dialecto del inglés filipino). 

  4. El expresidente Rodrigo Duterte concluyó su mandato sin mucha fanfarria, al haberle sido prohibido constitucionalmente presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales como consecuencia de haber finalizado su mandato. Las dinastías políticas de Filipinas suelen respaldar a familiares y aliados para mantener el poder dentro de su círculo. Las dinastías Duterte y Marcos se aliaron para presentarse a las elecciones, con Bongbong Marcos (hijo y heredero del antiguo dictador Ferdinand Marcos Sr.) como candidato a la presidencia y Sara Duterte (hija de Rodrigo Duterte) como candidata a la vicepresidencia, formando una candidatura conjunta. Es muy poco habitual que estas candidaturas ganen, ya que el presidente y el vicepresidente se eligen por separado; sin embargo, ambos resultaron elegidos. No obstante, las dos dinastías comenzaron a discutir en público, y Marcos ordenó la detención extraordinaria y la extradición de Rodrigo Duterte a la Corte Penal Internacional. 

  5. El término está tomado de Karl Marx, quien lo utilizó por primera vez en lo que se convirtió en Las luchas de clases en Francia; en este texto, jugamos con su significado. Véase el uso más famoso que hace Marx de los términos «partido del orden» y «partido de la anarquía» en El 18 de brumario de Luis Bonaparte

  6. El Kilusang Setyembre Bente Uno (KS21) es un grupo entrista fascista que se apropió de la simbología del 21 de septiembre. Sabemos que son entristas fascistas porque cuentan con la plataforma de los habituales canales fascistas de Telegram, al tiempo que afirman ser una especie de frente único patriótico. Algunos de sus miembros fueron detenidos mientras se oponían a una ordenanza de Manila destinada a evitar otro 21 de septiembre. 

  7. «Red-tag» es un filipinismo más o menos equivalente a «red-bait». El uso de «black-tagging» es un juego de palabras, aunque esa expresión ya se utiliza en ocasiones para referirse a la difamación o el etiquetado de personas y grupos al alegar su conexión con grupos alineados con Daesh (el llamado «Estado Islámico»), como el grupo Maute. Huelga decir que no estoy utilizando la expresión para referirme a Daesh. 

  8. En Filipinas, se requieren permisos para la mayoría de las manifestaciones

  9. Este debate sobre la pasividad apolítica (que en otros contextos denomino «apoliticidad») es también una intervención en el debate filipino sobre la idea de que la clase trabajadora es «apolítica» y «pasiva», lo que reduce la agencia individual a una elección en lugar de reconocer que los individuos se orientan en el contexto de sus condiciones materiales e ideológicas. 

  10. «Burgis» es un filipinismo que significa «burgués», y «burgesya» es un filipinismo que significa «burguesía». 

  11. Tomado del discurso de la «izquierda permitida» utilizado en Bolivia para describir la transformación del MAS (Movimiento al Socialismo) y otros partidos electorales de izquierda en el poder, que pasaron de ser de izquierda radical a una «izquierda permitida» («izquierda permitida»). 

  12. Compárese con la noción de «antipartido» de Phil A. Neel en obras suyas como «Teoría del partido». 

  13. Casi literalmente, ya que Prabowo es yerno de Suharto, el antiguo dictador del periodo del Nuevo Orden, y es partidario de un retorno al estilo de gobierno del Nuevo Orden

  14. En la EDSA Uno, esta fuerza fue la oligarquía liberal-democrática organizada por la Iglesia y la oposición política dinástica a la dictadura. El Partido Comunista de Filipinas no intervino en ese momento crucial y perdió el impulso para la insurrección en lo que hoy se conoce como el «error del boicot», que los ideólogos interpretan actualmente como un problema de «ultraizquierdismo». 

  15. Aunque ya no creo en la teoría del cambio que defienden la prefiguración y sus partidarios, sigo creyendo que tiene cabida de alguna manera, tal y como sugiero en los párrafos siguientes. Este no es el lugar para profundizar en el tema. 

  16. El informalismo tampoco es un modo de organización intrínsecamente superior en épocas contrarrevolucionarias. Hemos visto en Filipinas cómo la organización informalista puede coartar la valentía tanto como la transmisoginia o el manarquismo. La dicotomía entre formalismo e informalismo (también planteada como pro-organizacionismo frente a anti-organizacionismo) es una falsa dicotomía. Se ha planteado en repetidas ocasiones, en contra de Murray Bookchin, que los denominados lifestylists (estilo-de-vidistas) (término que él utiliza para referirse a los informalistas o anti-organizacionistas) siguen participando en organizaciones formales.